sábado, 22 de mayo de 2010

Historia de gatos



Triste anda la gata rechoncha desde que tiene que maullar solita, ya ni la redonda y pálida luna, eterna compañera de sus soledades, ilumina la oscura noche que transita. Estira una de sus patas, desperezándose, y vuelve a naufragar en sus recuerdos. Sacude suavemente la pequeña cabeza y fija la mirada en ese punto inexistente que nunca le supo dar una respuesta sobre las heridas de su corazón doliente. Nostálgica, levanta las orejas, piensa en el tejado que frecuentaba y en el inquilino de esa azotea, aquel que canciones de amor ronroneaba. Cierra los ojos, la gorda minina, e imagina los juegos que le enseñó el negro gato. Recuerda que podían gastar días enteros brincando de un lado a otro por el tejado o podían quedarse en alguno de sus rincones, saboreando en silencio la felicidad de tenerse al costado. La gata rechoncha mueve, inquieta, la cola. Extraña la vieja azotea, pero no puede dejar de preguntarse si acaso entre nuevos saltos y ronroneos podría recibir otro arañazo.

2 comentarios:

  1. Sé lo difícil que es enfrentar el pasado, es más que encarar al presente o al futuro, no se olvida y se siente constante, el reto es poder crearte un nuevo pasado.
    Lo sé, nunca sustituirá al primero, pero lo dejará más en el pasado.

    Saúl de Borneo

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  2. Había una vez un par de gatos que andaban buscándose cada noche. Y cuando se encontraban se acostaban juntos, veces tiernos, veces lascivos, en un estrecho tejado. Y así, sin hacer nada, hicieron muchas cosas. Por ejemplo, convirtieron esa azotea en un lugar donde el tiempo pasaba más rápido que en el resto de tejados, que en el resto del mundo. Y siendo gatos, dedicaron horas (que en realidad parecían minutos) a hablar de perros guardianes. Y jugaban. Y la gata maullaba fuerte. Y fuerte también callaba. El gato sonreía mirándola sonreír. El gato sufría viéndola callar. Pero otra vez estaba ella allí maullando a grito pelado como si fuera una gata negra y rechoncha. Y otra vez estaba él allí sonriendo. Y descubrió que los gatos también podían sonreír sin fingir. Y sonreía pensando que hubiera dado sus siete vidas (de hecho, aquellas vidas que le quedaran) por escuchar siempre sus maullidos escandalosos y por terminar con sus silencios. Sus silencios de gata lastimada, de gata escéptica, de gata evasiva. Ronroneo interminable de madrugada, versos gatunos, versos malos pero enamorados, entrega de gato, una y otra vez, entrega de gato, amaneceres sorpresivos, mar de gatos tristes. ¿Qué más puedo darte gatita bonita?, pensaba el gato mirando el cielo que más parecía un techo blanco sin estrellas. Y cuando se dio vuelta la gata se había quedado dormida, con su seño de gata fruncido. Sacando la lengua le lamió la frente. Y le dio pena no poder lamerle también las heridas.

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