viernes, 30 de abril de 2010

Rutina

Abrir los ojos en la oscuridad de esta noche sempiterna, sentirte extraviada en una habitación de dos por tres, olvidar tu nombre por un instante pero no poder olvidar el suyo ni por un segundo, sentir tus latidos reventando tus oídos, tu pecho, tu boca; sentarte al borde de la cama e intentar recomponerte mientras escuchas a un perro lamentar en la calle su soledad, ignorar esa lágrima tibia que invade tu mejilla y cerrar los ojos, una vez más, sabiendo que el ciclo pronto volverá a empezar...

lunes, 26 de abril de 2010

Lluvia de ti

Ha llovido a gritos
esta noche tu voz
e inundadas de ti
mis calles quedaron.
Imposible evitar ya
que esas impetuosas aguas,
en las que aún flotan
pedacitos de ayer,
aneguen estos ojos oscuros
que curiosamente
alguna vez escamparon
en tu boca.

jueves, 22 de abril de 2010

El fantasma de Barajas



Subió al metro en la estación del Aeropuerto, junto conmigo, pero no me di cuenta de su presencia sino hasta la siguiente parada, cuando bajaron las decenas de personas que se interponían entre mis ojos y su infinita tristeza. Tenía un pucho inmenso en la mano izquierda y era obvio que acababa de encenderlo. Era obvio que no le había importado sacar los cerillos dentro del vagón y exponerse a la reprobación silenciosa de sus casuales compañeros de viaje. Era obvio, en realidad, que muchas cosas habían dejado de importarle. Llevaba puesta una casaca verde inmensa; inmensa para su delgado cuerpo, inmensa para los 20 grados a los que en promedio llegan los termómetros por estos días en Madrid. ¿Será que con ella intentaba abrigar su pecho de todas las secuelas que dejan en uno esas penas que también abren agujeros negros en el alma? Quizá. Mientras daba interminables bocanadas de humo, con la mano derecha se sujetaba fuertemente de una de las barandas del metro. Parecía aferrarse al frío tubo de metal con la ansiedad de aquel que está a punto de caer en el más profundo de los precipicios y aún no sabe si entregarse a su suerte o luchar un poco más, hacer un último esfuerzo aunque ya esté claro que la batalla ha sido perdida. Por momentos se le doblaban las piernas y sus rodillas casi llegaban a tocar el suelo. Entonces empuñaba la baranda con las dos manos y cerraba los ojos, negándose a iniciar la caída hacia los abismos más oscuros de su alma. Pero no llegaba a caer. Volvía a enderezar las piernas y otra vez el pucho regresaba a su boca. Desde mi asiento, a unos pocos metros, yo intentaba descubrir cuál sería esa pena que lo doblegaba. Sería que alguien acababa de irse de su vida en uno de los aviones que partieron esa noche de Barajas, o más bien que alguien no llegó y despedazó, así, algún futuro imaginado. Mientras me perdía en mis cavilaciones, se acercó a la puerta del vagón y a mí sólo se me ocurrió sacar la cámara recién cargada con imágenes de Portugal y disparar. Cuando el metro empezó a avanzar, estiré el cuello intrigada por saber hacia dónde emprendería la marcha, pero observé que simplemente se quedó sentado en una de las bancas de la estación Campo de Cristal, un lugar que a esa hora -casi la media noche- lucía lúgubre, vacío y fantasmal. Como él mismo.

miércoles, 14 de abril de 2010

"I walk the line"

Me crucé con ella en Madrid, una noche fría de febrero. Fue un encuentro fugaz que duró unos pocos segundos, quizá sólo los suficientes para darme cuenta de que eso estaba ocurriendo, pero fue intenso, inexplicable, y -sobre todo- inesperado. Llevaba un mes recorriendo la ciudad en metro y eso de andar en el subsuelo durante gran parte del día comenzaba a agobiarme. Para entonces, aún no había aprendido a reconocer los distintos sonidos que tienen cada una de las estaciones del metro de Madrid y que permiten que uno pueda identificarlas aún con los ojos cerrados (ahora sé, por ejemplo, que la parada de la avenida América suena a la voz del hombrecito negro de gorra lila y zapatillas blancas que todos los días inventa una letra distinta -ininteligible siempre- para una misma canción de ese cantante británico que lleva el apellido de las tenistas norteamericanas. Y sé que tomando la línea cinco, la verde, llegaré a una parada donde alguien, que no encontró ese futuro mejor por el que dejó su país, canta una de las versiones más tristes de My Way que he escuchado en mi vida).
Por esos días, nada hacía prever el romance que ahora tengo con el metro de esta ciudad. Apenas había dejado de perderme en sus corredores llenos de escaleras para arriba y escaleras para abajo y, más bien, por eso de andar siempre bajo tierra, comenzaba a sentir un inexplicable dolor en la espalda, como si -literalmente- me pesara el mundo. Así que esa noche decidí bajarme del metro en una estación anterior a la que realmente me correspondía. Recorrí rápidamente los largos pasillos, subí y bajé escalones, y al ascender por las gradas que finalmente me devolverían a la calle, reconocí ese sonido que ya se había hecho familiar para mí en un mes en el que si no llovió fuera de casa, llovió dentro. Poco me importó cuando recordé que no traía paraguas, que lo había dejado olvidado en el último bar al que había ido. Subí a brincos los pocos escalones que me separaban del mundo exterior y lo que vino después fueron segundos que se me confunden con minutos o minutos que se me confunden con horas, porque todo se transformó en un lugar virtual con tiempos virtuales también.
Debía ser esa hora en la que uno llega a casa del trabajo, porque recuerdo a mucha gente corriendo en cámara lenta alrededor mío, protegiéndose con sus paraguas y sus chaquetas de una lluvia insistente que había decidido no perdonarle la vida a nadie y a la que yo había decidido entregarme voluntariamente. También en cámara lenta, recuerdo a las gordas gotas de lluvia rebotando en el suelo, como queriendo volver a ese cielo del que habían sido expulsadas. Era como si lloviera dos veces: de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Completamente empapada, pensé en aquello de la relatividad de las cosas y en cómo toda esa gente que avanzaba apurada en sentido opuesto al mío, luchaba contra algo que, por alguna extraña razón que hasta hoy no he logrado descubrir, a mí sólo me hacía sonreír.
Así, de la manera más absurda, efímera e irracional, quizá, pero también de la más simple y absoluta, esa noche -una noche fría de febrero- me crucé un ratito con la felicidad. Y aunque no pude retenerla conmigo (cosa que ni siquiera me atreví a intentar), ahora tengo idea de dónde me la podría volver a encontrar...

lunes, 12 de abril de 2010

M-23/03

Tu sabor volvió a inundar
una vez más esta boca en sequía,
me lo trajo una lágrima roja,
violenta, inesperada,
dolorosamente fría.
Y en la oscuridad de esta noche
que se resiste a morir,
en la vertiginosa travesía
de estas horas ciegas,
mi irresponsable corazón
quiere volver a entregarse,
insensato, negligente, suicida.

viernes, 9 de abril de 2010

Paradoja sentimental

L escuchaba los latidos de su corazón estallando en su cabeza,en su pecho, en su garganta. A escondidas había entrado en esa habitación del sótano donde G guardaba sus trabajos. Ella sabía que él pintaba, pero nunca se había atrevido a preguntarle nada. En realidad, ni siquiera podía sostenerle la mirada las veces que coincidían en una escalera, en un pasadizo, o en un jardín. Vivían en el mismo edificio y sus encuentros eran obligatorios pero involuntarios. Ella hubiera querido que fuera al revés. Pero no. Estaba condenada a morir un poquito cada vez que G le sonreía sin que para él eso signifique nada más que eso: una sonrisa. Esa madrugada L se armó de valor, de una pequeña dosis de valor. Sería, sin embargo, más de lo que se había atrevido a hacer en toda su vida, en una vida que nunca le supo ni dulce ni amarga, ni ácida ni salada... Aunque ello había comenzado a cambiar año y medio atrás, la mañana que le entregó una copia de las llaves del buzón de cartas al nuevo ocupante del cuarto piso. Los largos y delicados dedos de G apenas rozaron su mano blanca, pero L sintió una suerte de implosión intensísima, como si su cuerpo fuera de cera y empezara a deformarse al ser bañado por el calor. Durante una fracción de segundo, tuvo su propio Hiroshima. Desde entonces, cada fortuito encuentro había sido tan dulce como doloroso para ella. Algunas veces G le ponía la mano en el hombro como un gesto de cortesía. L moría un poquito más. Hubiera preferido que él no tuviera ni una jodida pizca de amabilidad con ella, que no la tocara por culpa de una casualidad caprichosa, que no le sonriera por pura complacencia. Pero lo que le revelaron los cuadros de G cuando encendió la bombilla de la pequeña habitación la sacudió tanto o más que aquel imperceptible roce de manos que todas las noches, más de 500 noches, había repasado mentalmente al acostarse. Su pecho subía y bajaba, agitado, y apenas podía respirar a tropezones. L corrió a apagar la luz y pensó que tal vez hubiera sido preferible nunca haberla encendido. Ahora se sentía morir por completo.

Esos silencios que aún no se escuchan...

"A few times in my life I've had moments of absolute clarity, when for a few brief seconds the silence drowns out the noise and I can feel rather than think, and things seem so sharp and the world seems so fresh. I can never make these moments last. I cling to them, but like everything, they fade. I have lived my life on these moments. They pull me back to the present, and I realize that everything is exactly the way it was meant to be."



George, A Single Man, Christopher Isherwood