Me crucé con ella en Madrid, una noche fría de febrero. Fue un encuentro fugaz que duró unos pocos segundos, quizá sólo los suficientes para darme cuenta de que eso estaba ocurriendo, pero fue intenso, inexplicable, y -sobre todo- inesperado. Llevaba un mes recorriendo la ciudad en metro y eso de andar en el subsuelo durante gran parte del día comenzaba a agobiarme. Para entonces, aún no había aprendido a reconocer los distintos sonidos que tienen cada una de las estaciones del metro de Madrid y que permiten que uno pueda identificarlas aún con los ojos cerrados (ahora sé, por ejemplo, que la parada de la avenida América suena a la voz del hombrecito negro de gorra lila y zapatillas blancas que todos los días inventa una letra distinta -ininteligible siempre- para una misma canción de ese cantante británico que lleva el apellido de las tenistas norteamericanas. Y sé que tomando la línea cinco, la verde, llegaré a una parada donde alguien, que no encontró ese futuro mejor por el que dejó su país, canta una de las versiones más tristes de My Way que he escuchado en mi vida).
Por esos días, nada hacía prever el romance que ahora tengo con el metro de esta ciudad. Apenas había dejado de perderme en sus corredores llenos de escaleras para arriba y escaleras para abajo y, más bien, por eso de andar siempre bajo tierra, comenzaba a sentir un inexplicable dolor en la espalda, como si -literalmente- me pesara el mundo. Así que esa noche decidí bajarme del metro en una estación anterior a la que realmente me correspondía. Recorrí rápidamente los largos pasillos, subí y bajé escalones, y al ascender por las gradas que finalmente me devolverían a la calle, reconocí ese sonido que ya se había hecho familiar para mí en un mes en el que si no llovió fuera de casa, llovió dentro. Poco me importó cuando recordé que no traía paraguas, que lo había dejado olvidado en el último bar al que había ido. Subí a brincos los pocos escalones que me separaban del mundo exterior y lo que vino después fueron segundos que se me confunden con minutos o minutos que se me confunden con horas, porque todo se transformó en un lugar virtual con tiempos virtuales también.
Debía ser esa hora en la que uno llega a casa del trabajo, porque recuerdo a mucha gente corriendo en cámara lenta alrededor mío, protegiéndose con sus paraguas y sus chaquetas de una lluvia insistente que había decidido no perdonarle la vida a nadie y a la que yo había decidido entregarme voluntariamente. También en cámara lenta, recuerdo a las gordas gotas de lluvia rebotando en el suelo, como queriendo volver a ese cielo del que habían sido expulsadas. Era como si lloviera dos veces: de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Completamente empapada, pensé en aquello de la relatividad de las cosas y en cómo toda esa gente que avanzaba apurada en sentido opuesto al mío, luchaba contra algo que, por alguna extraña razón que hasta hoy no he logrado descubrir, a mí sólo me hacía sonreír.
Así, de la manera más absurda, efímera e irracional, quizá, pero también de la más simple y absoluta, esa noche -una noche fría de febrero- me crucé un ratito con la felicidad. Y aunque no pude retenerla conmigo (cosa que ni siquiera me atreví a intentar), ahora tengo idea de dónde me la podría
volver a encontrar...