Subió al metro en la estación del Aeropuerto, junto conmigo, pero no me di cuenta de su presencia sino hasta la siguiente parada, cuando bajaron las decenas de personas que se interponían entre mis ojos y su infinita tristeza. Tenía un pucho inmenso en la mano izquierda y era obvio que acababa de encenderlo. Era obvio que no le había importado sacar los cerillos dentro del vagón y exponerse a la reprobación silenciosa de sus casuales compañeros de viaje. Era obvio, en realidad, que muchas cosas habían dejado de importarle. Llevaba puesta una casaca verde inmensa; inmensa para su delgado cuerpo, inmensa para los 20 grados a los que en promedio llegan los termómetros por estos días en Madrid. ¿Será que con ella intentaba abrigar su pecho de todas las secuelas que dejan en uno esas penas que también abren agujeros negros en el alma? Quizá. Mientras daba interminables bocanadas de humo, con la mano derecha se sujetaba fuertemente de una de las barandas del metro. Parecía aferrarse al frío tubo de metal con la ansiedad de aquel que está a punto de caer en el más profundo de los precipicios y aún no sabe si entregarse a su suerte o luchar un poco más, hacer un último esfuerzo aunque ya esté claro que la batalla ha sido perdida. Por momentos se le doblaban las piernas y sus rodillas casi llegaban a tocar el suelo. Entonces empuñaba la baranda con las dos manos y cerraba los ojos, negándose a iniciar la caída hacia los abismos más oscuros de su alma. Pero no llegaba a caer. Volvía a enderezar las piernas y otra vez el pucho regresaba a su boca. Desde mi asiento, a unos pocos metros, yo intentaba descubrir cuál sería esa pena que lo doblegaba. Sería que alguien acababa de irse de su vida en uno de los aviones que partieron esa noche de Barajas, o más bien que alguien no llegó y despedazó, así, algún futuro imaginado. Mientras me perdía en mis cavilaciones, se acercó a la puerta del vagón y a mí sólo se me ocurrió sacar la cámara recién cargada con imágenes de Portugal y disparar. Cuando el metro empezó a avanzar, estiré el cuello intrigada por saber hacia dónde emprendería la marcha, pero observé que simplemente se quedó sentado en una de las bancas de la estación Campo de Cristal, un lugar que a esa hora -casi la media noche- lucía lúgubre, vacío y fantasmal. Como él mismo.
jueves, 22 de abril de 2010
El fantasma de Barajas
Subió al metro en la estación del Aeropuerto, junto conmigo, pero no me di cuenta de su presencia sino hasta la siguiente parada, cuando bajaron las decenas de personas que se interponían entre mis ojos y su infinita tristeza. Tenía un pucho inmenso en la mano izquierda y era obvio que acababa de encenderlo. Era obvio que no le había importado sacar los cerillos dentro del vagón y exponerse a la reprobación silenciosa de sus casuales compañeros de viaje. Era obvio, en realidad, que muchas cosas habían dejado de importarle. Llevaba puesta una casaca verde inmensa; inmensa para su delgado cuerpo, inmensa para los 20 grados a los que en promedio llegan los termómetros por estos días en Madrid. ¿Será que con ella intentaba abrigar su pecho de todas las secuelas que dejan en uno esas penas que también abren agujeros negros en el alma? Quizá. Mientras daba interminables bocanadas de humo, con la mano derecha se sujetaba fuertemente de una de las barandas del metro. Parecía aferrarse al frío tubo de metal con la ansiedad de aquel que está a punto de caer en el más profundo de los precipicios y aún no sabe si entregarse a su suerte o luchar un poco más, hacer un último esfuerzo aunque ya esté claro que la batalla ha sido perdida. Por momentos se le doblaban las piernas y sus rodillas casi llegaban a tocar el suelo. Entonces empuñaba la baranda con las dos manos y cerraba los ojos, negándose a iniciar la caída hacia los abismos más oscuros de su alma. Pero no llegaba a caer. Volvía a enderezar las piernas y otra vez el pucho regresaba a su boca. Desde mi asiento, a unos pocos metros, yo intentaba descubrir cuál sería esa pena que lo doblegaba. Sería que alguien acababa de irse de su vida en uno de los aviones que partieron esa noche de Barajas, o más bien que alguien no llegó y despedazó, así, algún futuro imaginado. Mientras me perdía en mis cavilaciones, se acercó a la puerta del vagón y a mí sólo se me ocurrió sacar la cámara recién cargada con imágenes de Portugal y disparar. Cuando el metro empezó a avanzar, estiré el cuello intrigada por saber hacia dónde emprendería la marcha, pero observé que simplemente se quedó sentado en una de las bancas de la estación Campo de Cristal, un lugar que a esa hora -casi la media noche- lucía lúgubre, vacío y fantasmal. Como él mismo.
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Me gustó más este post, Nuna, me hizo acordar a mí en cierto momento. Creo que fui el observador y también el observado.
ResponderEliminarTodos hemos subido alguna vez a ese vagón y nos hemos abandonado luego en una estación solitaria. O como me dijo hace poco un amigo, todos alguna vez nos hemos puesto la inmensa casaca verde... un beso, César.
ResponderEliminarLas mismas historias a ambos lados del Atlántico... alguna vez fui el fantasma del Jorge Chávez.
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