viernes, 9 de abril de 2010
Paradoja sentimental
L escuchaba los latidos de su corazón estallando en su cabeza,en su pecho, en su garganta. A escondidas había entrado en esa habitación del sótano donde G guardaba sus trabajos. Ella sabía que él pintaba, pero nunca se había atrevido a preguntarle nada. En realidad, ni siquiera podía sostenerle la mirada las veces que coincidían en una escalera, en un pasadizo, o en un jardín. Vivían en el mismo edificio y sus encuentros eran obligatorios pero involuntarios. Ella hubiera querido que fuera al revés. Pero no. Estaba condenada a morir un poquito cada vez que G le sonreía sin que para él eso signifique nada más que eso: una sonrisa. Esa madrugada L se armó de valor, de una pequeña dosis de valor. Sería, sin embargo, más de lo que se había atrevido a hacer en toda su vida, en una vida que nunca le supo ni dulce ni amarga, ni ácida ni salada... Aunque ello había comenzado a cambiar año y medio atrás, la mañana que le entregó una copia de las llaves del buzón de cartas al nuevo ocupante del cuarto piso. Los largos y delicados dedos de G apenas rozaron su mano blanca, pero L sintió una suerte de implosión intensísima, como si su cuerpo fuera de cera y empezara a deformarse al ser bañado por el calor. Durante una fracción de segundo, tuvo su propio Hiroshima. Desde entonces, cada fortuito encuentro había sido tan dulce como doloroso para ella. Algunas veces G le ponía la mano en el hombro como un gesto de cortesía. L moría un poquito más. Hubiera preferido que él no tuviera ni una jodida pizca de amabilidad con ella, que no la tocara por culpa de una casualidad caprichosa, que no le sonriera por pura complacencia. Pero lo que le revelaron los cuadros de G cuando encendió la bombilla de la pequeña habitación la sacudió tanto o más que aquel imperceptible roce de manos que todas las noches, más de 500 noches, había repasado mentalmente al acostarse. Su pecho subía y bajaba, agitado, y apenas podía respirar a tropezones. L corrió a apagar la luz y pensó que tal vez hubiera sido preferible nunca haberla encendido. Ahora se sentía morir por completo.
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Este me hizo acordar de la chica q conocí en un fallido exámen de admisión y nunca volví a ver. Ya te contaré.
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